Adriana Rocher Salas

Intramuros

Año: 2015
Editorial: San Francisco
de Campeche, Universidad
Autónoma de Campeche
ISBN: 978-607-8444-04-5
Páginas: 245 + ils.

 

 

 

Abrir la portada  de un buen libro es como franquear las puertas  de una casa  o, ¿por  qué no?,  incluso  las de una antigua  ciudad  amurallada, y poder iniciar el recorrido de sus entrañas. Pleno de curiosidad y azoro, el viajero  verá alternarse bajo su mirada  calles amplias  y rincones, espacios abiertos y entresijos apenas  insinuados, huertos  privados y jardines públicos, iglesias  dispuestas al fervor  compartido y oratorios reservados para la piedad  más íntima.  Alternará aquí con el funcionario de todos conocido; vislumbrará allá al vecino  sencillo, por muchos ignorado.

De transitar con los sentidos bien dispuestos, a la par del de la vista —primario cuando  de hojear  y ojear se trata—, el visitante desplegará el abanico  de los sentidos restantes, a fin de percibir  olores,  sabores, sonidos  y texturas del espacio  que lo circunda y aprehender, al mismo tiempo   que  aprende, la  esencia   sensorial del  entorno que  transita; entorno que,  una  vez  aprehendido, terminará a su vez  por  incluirlo, albergarlo, domesticarlo.

Con  Intramuros, de  Adriana Rocher, domesticar la  entraña   del puerto  campechano es tarea  a la vez sencilla, ilustrativa y gozosa;  por momentos familiar  y hasta casera  —que  no en balde domesticar viene del latino  domus,  casa,  recordándonos que  domesticar significa  hacer entrar  a casa—.  Gracias  a su labor  de escrutinio, zapa,  y en ocasiones de descarado espionaje, el recinto  amurallado se desnuda y exhibe  ante los ojos del foráneo  —extranjero por cuestiones geográficas o incluso generacionales— su entraña  construida, a la par de aquella  otra apenas entrevista, soñada.  Mar de entrañas: la que se toca, la que se rememora y la que,  lienzo  de Penélope, se teje  una  noche  para  destejerse al día siguiente, a fin de acomodar, en una memoria siempre  en construcción, el diseño  de pasados  de gloria  para  siempre  perdidos y futuros  de esplendor  que en ocasiones no traspasaron el límite de la añoranza.

Entre  unos  y  otros,  lo  que  allí  está  es  presencia innegable. Y  el libro  de Adriana Rocher  es, imposible negarlo, un valioso  homenaje a lo que la campechanidad se ofrece  a sí misma  y lo que guarda  para nosotros, los demás,  tras sus murallas, sean éstas de piedra,  de dogmas antiguos, de prejuicios temporales y, por supuesto, de gozos cotidianos. Murallas, por cierto,  que en no pocos sentidos funcionaron más como referentes geográficos que como  bastiones inexpugnables, pues en este libro,  por  las calles  de sus  páginas, vemos  desfilar  no  sólo  a quienes vivían literalmente intramuros, sino a aquellos que, con independencia de clasificaciones espaciales, sociales  y hasta  raciales, confluían en su plaza, su muelle,  sus iglesias,  su mercado.

El recorrido que  se nos  ofrece  es primordialmente histórico, pero de una historia  entendida no como mera rememoración del ayer o inventario de inmuebles, sino a la vez de homenaje al presente, como bien lo muestra la bien lograda selección fotográfica que acompaña a los textos,  dotándolos de rostro  humano. Un libro,  pues,  bien pensado y diseñado, que conjuga la escritura del pasado con la imagen de la actualidad. Ciertamente el estudioso extrañará las referencias bibliográficas o documentales que le permitirían ahondar en tal o cual tema o aspecto, pero la obra, resulta  claro, fue pensada primordialmente para otro tipo de público, más amplio,  lo que no significa, en modo  alguno,  que se trate de un texto sin asideros académicos, que los tiene, y de XXX.

En  la  primera parte  asistimos a la  fundación de  la  villa  hispana cercana   al  asentamiento  maya   de  Can  Pech,   a  la  división  —más deseada  que real— de los pobladores según sus “calidades” y al caminar de sus barrios  al ritmo  que el centro  marcaba, deteniendo su marcha por el doble  de las campanas que avisan  de muertes por epidemias, o apresurando sus pasos  cuando  sonaban a rebato  para  alertar  sobre  un nuevo  avistamiento de piratas,  temible  plaga  del puerto  que al menos durante  dos siglos hizo de la reconstrucción —material, emocional, demográfica y simbólica— una tarea cotidiana.

En  medio  de  esa  reconstrucción inacabable, vemos  consolidarse oficios y afanes,  vinculados principalmente con las actividades propias de un puerto  y sus áreas  de comercio, pero  figuran  también aquellos otros  menesteres que hacían  llevadera y hasta  grata  la vida  urbana,  al menos  para los pudientes: sastres,  talabarteros, zapateros, cocineras, herreros, domésticas, sin dejar de lado curadores, adivinas, pícaros, sospechosos de herejía  o judaizantes, algún  acusado por bígamo  y una que otra tildada  de bruja cuyos desmanes, que rescata  Rocher, venían  a poner sazón y novedad a la monotonía diaria.[1]

Cierto,  no había  que esperar  se supiese  de algún  suceso  extraordinario  o una acusación inesperada para  salir  del aburrimiento. Allí estaban para eso las fiestas, patronales o barriales, que también aborda  el texto, permitiéndonos degustar los vinos,  oler los tabacos, paladear los platillos especiales y hasta  oír la algazara con que los porteños, surgidos de primeros y segundos patios,  traspasaban zaguanes y llenaban la plaza de armas, el muelle,  la aduana, los atrios de las iglesias  y las calles, desbordando a menudo las murallas de piedras  y convencionalismos.

Hoy, el nuevo malecón y los amorfos centros  comerciales se yerguen en  buena  medida  como  espacios privilegiados de  sociabilidad, pero el texto  de Rocher  nos  permite  recuperar el tiempo  en que  otros  lo fueron,  devolviendo voz a los pregoneros que enteraban a los vecinos de tal o cual edicto,  a los comerciantes ponderando sus mercaderías, a los dolientes lamentando a sus muertos —degollados en la plaza,  tras la estancia de casi dos meses de Lorencillo y Grammont en 1685—, y hasta las imprecaciones de doña Isabel Santos,  esposa del capitán  Pedro Fernández, quien  en  marzo  de  1657  se puso  a despotricar a voz  en cuello  contra  el cura Juan de Solís mientras éste oficiaba  la santa misa. Y  podemos imaginar también la  barahúnda que  se  debió  escuchar en  el puerto  cuando  el 16  de julio  de 1717,  día  de Nuestra Señora del Carmen, se logró  expulsar definitivamente a los ingleses  de la isla de Tris  y la Laguna  de Términos. Una  empresa, por cierto,  en la que participaron no sólo tropas campechanas, sino otras venidas  de Yucatán y de Tabasco —alcaldía vecina  que  no en balde  era dueña  aún  de la mitad  del territorio insular  y lacustre—, y que contribuyó de manera significativa en el repunte  de San  Francisco como  enclave  comercial, libre  ya de la amenaza constante de corsarios y piratas  —aunque su expulsión no significó  el fin de sus actividades—, y aliviada  al menos en parte del nada fantasmagórico contrabando.

Vendrían luego la apertura de la puerta  de tierra y el cierre de otras, que  contribuyeron a profundizar el foso  entre  los pobladores extra  e intramuros y, más adelante, un periodo  de esplendor porteño, gracias a las disposiciones borbónicas que permitieron superar  el escollo  de mantenerse Campeche fuera de la ruta de la “Carrera de Indias”; sobre todo al quitarse los gravámenes al palo de tinte. Ya tocaría luego el turno de brillar  a los astilleros locales.  En un solo año, 1777,  San Francisco obtuvo  dos valiosos  nombramientos reales:  el de puerto  menor  y el de ciudad. Y, con los vientos de bonanza, surgieron nuevas construcciones: aduana, cabildo, atarazanas, muelle... incluso  las hasta  entonces más bien  modestas  viviendas  supieron  de  aires  modernizantes,  por  no hablar  del boato con que se engalanaban algunas  en ocasiones festivas, según nos narra Rocher  con un lujo de detalles  que mucho  apreciarían sus dueños,  atraídos desde  entonces por  ostentar el prestigio que,  de paso, consolidaba su poder.

La  primera parte  del  libro  concluye  con  el  recuento de  gestas menos   gloriosas,  motivadas  por   la  consolidación  de   Sisal   como puerto  yucateco, y los  avatares  sufridos bajo  el interminable rosario de gobiernos liberales, conservadores, monárquicos, republicanos, centralistas y federalistas, porfirianos y revolucionarios, que arrastraron al puerto  en  sus  luchas,  en  las  que  no  voy  a detenerme, aunque  no puedo dejar de invitar  al lector a deleitarse con la lograda  recreación de las tertulias populares en el parque  principal y bajo los toldos, o las más linajudas que organizaban los decimonónicos pudientes, émulos  de la civilidad europea, en la Lonja,  el Casino  y, por  supuesto, el Coliseo, hoy Teatro  Francisco de Paula Toro.

No  voy  a arriesgarme a ofender  a alguno  exponiendo mi opinión sobre   el  desmantelamiento  de  la  muralla,  iniciado  en  1883,   y  el desastrado relleno   donde   se  erigieron “la  consola”, para  el  palacio de gobierno, y “el sándwich” o “platillo volador” para el Congreso, asediando a la puerta  de  mar,  que  hoy,  parcialmente reconstruida y pese a su nombre, no conduce más al calmo  océano  sino a un agitado espacio  de mal gusto,  donde  se agolpan carracas  y urcas  de cemento, aluminio y vidrio  mal  varadas  que,  en lugar  de los sonoros  nombres de las embarcaciones de antaño,  ostentan divisas  como  MacDonald’s, Oxxo, Starbucks, Boston’s, 7 Eleven… Nuevas  franquicias de corsarios, igualmente dispuestos a atracar  a los porteños.

Prefiero  dedicar  unas notas a la segunda parte, esa que la autora denomina “Inmuebles e historias”, y donde,  sin  negar  la cruz  de su parroquia —“Zapatero a tus zapatos”—, el recorrido que nos propone Rocher   se  antoja  bastante más  pausado, armonioso y  bien  logrado cuando de construcciones religiosas se trata, en particular las iglesias, que Rocher  califica  como  “amas  y señoras  del espacio  público”. Imposible detenerse en la documentada y amena reconstrucción histórica de cada uno  de  tan  respetables monumentos, y las  luchas  a que  dieron  pie entre  seculares y regulares; luchas  no siempre  igualmente respetables. Destaco, apenas,  la  llamada   de  atención que  se  nos  acerca  de  que, pese  a lo que  nos  vende  la publicidad turística sobre  la “fisonomía y austeridad” franciscanas de los nueve templos de la ciudad,  apenas  dos—San Francisco y San Francisquito— son fruto de los frailes menores, ya que una de ellas se debe  a la labor  de los juaninos, otra a la de los jesuitas, y cinco fueron  obra del clero diocesano.

Dejo  de  lado,  no  por  falta  de  importancia sino  de  espacio, el abordaje  de  monumentos  tan  venerables  como  la  primitiva  —en no pocos  sentidos— iglesia  parroquial y su paulatina, pausada, y en varios  sentidos dolorosa transformación en catedral; recuerdo apenas
que  para  obtener  tal rango  hubo  de luchar  incluso  contra  el obispo de Yucatán, Crescencio Carrillo  y Ancona, quien  no se “abstuvo de intervenir en el proceso” —como generosamente apunta Rocher, acaso por respeto  a su colega,  pues el obispo  fue además  historiador— sino que en un principio hizo cuanto  pudo por estorbarlo, enviando al arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida, furibundas cartas contra  los “agitadores” campechanos, “separatistas” ahora también en lo eclesiástico, y alejando del puerto  a los curas promotores.[2]   Cierto, Carrillo  no era en principio renuente a la idea —que  apuntalaría sus deseos  de transformar a Mérida  en sede arzobispal—, pero no fue de su agrado  el que alguien  pretendiera arrebatarle el protagonismo.[3]

Ya que no deseo despojar al lector del placer de ir descubriendo, bajo la guía de la autora,  la historia  de recintos como  El Dulce  Nombre de Jesús —destinado a la atención de los “morenos” de la villa—,  San Juan de Dios  y sus desvelos hospitalarios —incluyendo las peripecias para conseguir los frugales  alimentos para los internos: “caldo,  arroz  y una presa  de carne,  complementados con  chocolate en la mañana y atole en la tarde”—, la lamentable decisión de destruir  el hospital, tomada durante  el gobierno de Carlos  Sansores (1967-1973), o el porqué,  dos siglos antes, se optó por arrasar  el convento relativamente nuevo  de La Mejorada, me detendré apenas  en uno de ellos: el que nos conduce por la fascinante y agitada  historia  de la iglesia  de San José, en sus orígenes modesta ermita  vinculada con el gremio  de carpinteros y calafates de ribera,  del célebre  barrio  de San Román. Gracias  al documentado hilo de Adriana —que no de Ariadna— nos enteramos de que los cofrades, al comprender que con sus exiguas  limosnas no alcanzarían a ver concluida la obra,  optaron por solicitar el apoyo  de una  vecina  de la villa, doña  María  Ugarte,  quien,  como  tantas  otras mujeres  pudientes de su tiempo,  tenía debilidad por los jesuitas. Debilidad que, a la larga, significó  fortaleza para  los ignacianos y el acabose  para  carpinteros y calafateadores, que terminaron por ver enajenado su espacio.

Confieso sin  pudor  que  —simpatizante de los  de San  Román, al fin y al cabo  el barrio  donde  nació  mi abuelo  materno— me divertí enterándome de las peripecias que sufrieron los de Loyola  para ver medianamente colmadas sus, como siempre, ambiciosas metas,  al desaparecer de escena  algún  supuesto donante —don  José  de Santellín—  o al enterarse de que la herencia de doña  María  era menor  de lo  que  calculaban. Y  para  cuando   consiguieron otros  benefactores —incluyendo al insigne  don  Juan  Gómez  de  Parada  y Mendoza—, y lograron avances  muy  significativos en la obra,  vino  a conocerse el decreto  no muy  ilustre  del muy  ilustrado Carlos  III, que expulsó  a la Compañía de Jesús  de todos  los  territorios españoles. Ni  siquiera  el auxilio  de san Francisco Javier,  príncipe del mar,  celestial  Neptuno y patrono de navegantes, impidió que naufragase el intento.

La historia  que recrea Rocher  de las peripecias que sufrió después  el conjunto de iglesia y colegio  es casi delirante. El Colegio fue desde casa de pensión para clérigos  hasta Instituto Campechano, pasando por escuela  de primeras letras,  estudios menores, programas de gramática, albergue de tropas de Su Majestad, residencia de obispos  de Yucatán — también solicitada con el mismo  fin por el tesorero oficial y el teniente de  Rey—  y de  nuevo  colegio,  pero  ahora  bajo  los  franciscanos, los cuales  terminaron por  irse,  narra  la  autora,   dejando huérfana a  la juventud campechana, aficionada, a decir del Ayuntamiento, “a la hermosura e importancia de las  letras”.  Una  juventud que  no  había de ser muy abundante si tomamos en cuenta  que para entonces, según documentos de los frailes  menores, sólo  dos  estudiantes asistían  con puntualidad a la clase de filosofía  y ninguno a la de teología. Y en esos pleitos  andaban cuando  les  tocó  el turno  a los  seráficos  de  ver  a su Orden  suprimida, conforme a lo decretado por  las Cortes  de Cádiz. Vendrían después  el “Colegio de San Miguel  de Estrada” y el Instituto Campechano. El primero, conocido por ese entonces como  Instituto San Miguel  de Estrada, sería por cierto  visitado  en diciembre de 1865 por  la  emperatriz Carlota, quien  dio  fondos   para  su  restauración[4] —como los dio también para ampliar  el Hospital de San Juan de Dios y construirle un aljibe y un “anfiteatro”— aunque  Rocher, republicana por naturaleza, le escamotee algunos  donativos a la imperial visitante.

La suerte de la iglesia no fue menos tormentosa, pero eso sí, bastante más variada.  Con  una cúpula  nueva  en una de sus torres  —destruida más  tarde  por  un cañonazo— y nada  menos  que  un faro  en la otra, vio invadir  parte de su atrio, servir alguno  de sus costados como  mero arrimo de otras construcciones, se supo biblioteca, proveedora obligada de   esculturas,  pinturas,  campanas,  vasos   y  ornamentos  sagrados para  la catedral; espacio  donde  mazos  y martillos de revolucionarios iconoclastas  probaron  su  puntería,  bodega   del  Banco   de  Crédito Ejidal,  Museo  Arqueológico, Etnográfico e Histórico del estado,  sala de  conciertos, centro  de  exposiciones y  cualquier otra  cosa  que  se le ocurriera al Gobierno en  turno,  más  o menos  ilustrado… De  su pasado  jesuítico apenas  si dan cuenta su decoración con talavera, algún holograma y la imagen  del corazón en llamas  de San Ignacio  sobre  su portada. Amoroso incendio que acabó  por ser anticipo premonitorio de las cenizas  a que terminarían siendo  reducidos los esfuerzos jesuitas en el ámbito  portuario.

No abundo  en más detalles. Dejo intacto  para el lector  el placer  de incursionar en la historia  de otros espacios como los baluartes, algunos de los cuales,  se nos instruye, fueron  financiados por corporaciones religiosas que buscaban competir en prestigio, o incluso  para apuntalar orgullos criollos, como  sería  el caso  del bautizado en honor  de Rosa de Lima,  la primera santa  americana, que la hagiografía nos presenta tan bella  como  poco  agraciado era Carlos  II, el hechizado, a quien  se dedicó  otra fortificación; monarca de rostro más amargo  que la misma “amarga soledad  de María  Santísima”, la cual dio nombre a uno de los más  famosos baluartes. Construcciones que  son,  cierto,  escenografía del poder de las corporaciones peninsulares pero también, sin duda, en la mente de los porteños de entonces, apoyo sobrenatural para un muy atareado Santiago Matacorsarios.

La  parte  final  del  texto,  que  bien  ameritaría por  sí sola  el doble de comentarios, la dedica  Adriana a evocar  —con  mal disimulada nostalgia— tal  o cual  cine,  teatro,  museo  o casa,  que  a menudo le sirven   de  mero  pretexto  escenográfico  para  recrear   —y  es  ése  un gran  mérito— la  intimidad cotidiana de  alguna  morada  que  según la tradición popular  albergó  amoríos piratas  en  varios  sentidos; otra donde  cierto  corsario se transmutó en vecino  respetable, mientras que del ilustre  pasado  de alguna  casona  incluso  más respetable, apenas  da cuenta una placa que señala que allí nació “el maestro de América”, don Justo Sierra Méndez, artífice de la hoy Universidad Nacional.

A  la  par  se  nos  habla  de  un  Teatro   imaginado por  un  coronel originario  de  Cartagena  de  Indias   y  diseñado  por  un  arquitecto francés  —que  tenía por albergue obligado la cárcel de la ciudad—; un Museo  surgido  de los  afanes  de dos  hermanos, nativos  de Canarias, que  compartían la vestidura de clérigos  y los intereses coleccionistas; un singular cine representante del efímero  auge del art decó en el Campeche de Baranda, el cual,  tras  pasar  por  el descrédito de tener que albergar desfiles de murciélagos y películas de ficheras,  terminó lastimosamente convertido en un estacionamiento art nacó.

Como  era obligado en la recuperación de la memoria social campechana, y en particular en un texto  que desde  un inicio  mostró sus simpatías por casas  concebidas no como  monumentos sino  como hogares, y construidas “grandes y espaciosas, para que cupieran todos y nadie  sobrara”, la autora  no desdeña detenerse en la recreación de los  novenarios en  casa  de  María  Tur,  las  “cantadas” de  la lotería  en la de Soco Can, y los “sandwichitos”, refrescos, suspiros y cocadas ofrecidos en cualquier evento que se considerase respetable, incluyendo la doctrina de los sábados  en El Sagrario o en San Juan de Dios.

El libro cierra con las añoranzas de lo vivido  en una casa de la Calle Honda,  poblada de flores en las macetas, puercos, pollos  y gallinas colonizando el patio o informaciones —que no “chismes”— recabados en la placidez del sillón de una peluquería, albergue hasta de cadáveres y fantasmas, y, sobre todo, habitada por los recuerdos de la autora,  que transcurrió en ella  momentos de su niñez  y nos  permite, a través  de la historia  de esa  casa,  introducirnos en los intramuros de su propia memoria y su solar más íntimo,  pues como bien apuntó el poeta Rainer María  Rilke,  “Nuestra única verdadera patria es la infancia”.

En resumen, un texto original  y sugerente para cualquier interesado en  el  patrimonio  tangible  e  intangible  del  puerto   campechano  y el  transcurrir de  la  vida  cotidiana dentro  de  sus  murallas, a  la  vez que  un  valioso  ejemplo acerca  de la manera  de ampliar  los  ámbitos de difusión de la Historia. Sin  duda  una  buena  elección de la Universidad Autónoma de Campeche para celebrar su primer  medio  siglo de existencia.

Mario Humberto Ruz
Centro de Estudios Mayas, IIFL, UNAM

Notas

1 En su listado,  Rocher  dejó fuera, por cierto, a una bruja campechana particularmente original: la negra  Leonor, esclava  de don Diego  de Solís,  a quien  se acusó  en 1617  de efectuar prodigiosos vuelos  en una  escoba  por  Mérida, Campeche y Tabasco, junto con la mulata  Francisca, alias la Gallardina, y llevando en sus pies al mulatillo Francisco (AGN,  Inquisición, Volumen 316,  expediente sin número, f. 515r-515v), proeza acrobática que permitiría rastrear  en Campeche los antecedentes del Cirque  du Soleil.

2 José Concepción López y Juan de Dios Ancona. Las cartas fueron publicadas en Ruz, Mario Humberto (editor),  Crescencio Carrillo  y Ancona,  Correspondencia, tomo I (1889-1895), México, UNAM, CEPHCIS, 2012.

3 Propuso luego como obispo  a su amigo José María de J. Portugal, mitrado de Sinaloa, pero no tuvo mayor  fortuna; la Santa Sede nombró a Francisco Plancarte y Navarrete; precisamente aquél  a quien  don Crescencio había  encargado los trámites en Roma,  y sobrino  de don Antonio Plancarte y Labastida, célebre  y poderoso abad de la Colegiata de Guadalupe (Ruz, editor,  op. cit.: 38-45).

4 “[…] Fue al Instituto de San Miguel  de Estrada, cuyo hermoso edificio  recorrió complacida,  haciendo siempre  las preguntas conducentes a imponerse de su buen  estado. También ha hecho  un donativo en su favor  para  que se concluya su reedificación, la que no había podido  hacerse  por falta de recursos” (Periódico oficial del Departamento de Campeche. núm.  195, 16 de diciembre de 1865,  reproducido en Revista  mensual órgano  del club “Ah-Kin-Pech”. Historia, literatura, variedades. año 3, núm. 32, octu- bre 5 de 1939.  Campeche, Campeche, pp. 17-18).