Tejiendo resistencias: prácticas audiovisuales y luchas por la defensa del territorio en Cajamarca Perú

 

Weaving Resistance: Audiovisual Practices and Struggles for the Defense of the Territory in Cajamarca, Peru

 

DOI: https://doi.org/10.31644/ED.IEI.V20.2023.A02

 

 
Julio César Gonzales Oviedo
ORCiD: 0000-0003-4403-2592

 

Julio César Gonzales Oviedo es investigador y realizador audiovisual independiente en el colectivo Maizal desde 2013, con proyectos en Perú, Ecuador y México. Gestor en la casa cultural comunitaria La caracola carhuaz, en Perú, desde 2014, integrante del comité editorial de la revista independiente La otra cosecha desde 2018, colaborador del laboratorio de creación intercultural Chawpi y del colectivo de artes escénicas Yama en Quito, Ecuador. Sus líneas de investigación son la memoria, el territorio, los movimientos sociales y las culturas audiovisuales. E-mail: juliogonzalesoviedo@gmail.com

Recibido: 12/12/2022 • Aceptado: 22/01/2023 • Publicado: 23/04/2023

RESUMEN

En el contexto actual de arremetida neoliberal y de la ampliación de las fronteras extractivas, continúa una espiral de violencia, contra quienes se oponen a la imposición de megaproyectos mineros en sus territorios, a casi treinta años de políticas neoliberales en Perú. Los conflictos sobre la gestión de los bienes comunes aumentan, y con ello emergen historias de luchas y resistencias por la defensa de la vida y el cuidado de la naturaleza. A partir de la serie documental participativa: Tejiendo resistencias (2013) y otras obras audiovisuales, se pone en diálogo, la emergencia de prácticas audiovisuales colaborativas y sus vínculos con las luchas por la defensa del territorio en Cajamarca Perú.

Palabras clave:

giro ecoterritorial, fronteras extractivas, luchas por lo común, política neoliberal, activismo audiovisual.

ABSTRACT

In the current context of the neoliberal onslaught and the expansion of extractive borders, a spiral of violence continues against those who oppose the imposition of mining megaprojects on their territories, after almost thirty years of neoliberal policies in Peru. Conflicts around the management of common goods increase, and stories of struggle and resistance emerge, in defense of preserving ancestral ways of life and the care for nature. Based on the participatory documentary series: Tejiendo resistencias (Weaving Resistance, 2013) and other audiovisual works, the emergence of collaborative audiovisual practices and their connection to the struggle to defend the territory in Cajamarca, Peru, is brought into dialogue.

Keywords:

Eco-territorial turn, Extractive frontiers, Struggle for the commons, Neoliberal politics, Audio-visual activism

A modo de introducción1

Con la llegada del siglo veintiuno la violenta arremetida neoliberal sobre los territorios de Abya Yala2 pretende consolidar la idea de progreso-desarrollo, crucial para la acumulación capitalista. En este horizonte colonial del desarrollo, el mundo gira y camina sobre el progreso como única vía posible. Con esas bases se gesta la narrativa desarrollista que todos los gobiernos de América Latina adoptan, sin importar los matices ideológico-políticos (Machado, 2012). De esta manera se agudizan las disputas históricas en los territorios que resisten a la expansión de las fronteras extractivas y la imposición de megaproyectos que ponen en riesgo la reproducción social y colectiva de la vida.

Bajo esta lógica, el extractivismo avanza a un ritmo acelerado: busca ocupar la superficie territorial con monocultivos forestales y de agronegocio; a través de la explotación de minerales e hidrocarburos; en la intensificación de la pesca a gran escala, y en el diseño o en la construcción de proyectos de infraestructura en materia de transporte, energía y comunicación. Todos, proyectos enfocados en la consolidación del desarrollo que busca el crecimiento desmedido y el acaparamiento de ganancias3 .

Los territorios de la región en sus distintas escalas se enfrentan a regímenes capitalistas, extractivistas y patriarcales que se sostienen en el despojo y apropiación de los bienes comunes del sur global4 .

Bajo este contexto es notorio el rol protagónico y visible que tienen las mujeres en la defensa de los territorios, ya que ponen sobre la agenda las afectaciones y violencias con las que el extractivismo impacta de manera diferenciada las acciones de cuidado y sostenimiento de la vida. Ello implica analizar los modos como se articulan entre sí determinadas relaciones de dominación, control y jerarquías de poder que prevalecen.

A través de estas voces se viene constatando la relación directamente proporcional entre violencia y extractivismo, que se evidencia en la degradación biocida de las capacidades autoregulativas de la trama de la vida, la desestructuración del tejido social e instancias comunitarias para decidir y normar la vida colectiva, el despojo de medios de vida para garantizar la subsistencia, la polarización y división al interior de los entramados comunitarios, el endurecimiento de los contextos de criminalización, el incremento de los asesinatos a activistas ambientales, la violencia machista contra las mujeres y el recrudecimiento de formas patriarcales de dominación y opresión. (Composto y Navarro, 2020:125).

Consecuencia de todo ello, los cuerpos de las personas que habitan estas zonas de sacrificio, son despojados de las fuentes materiales y simbólicas que los hacen ser quienes son5 . Así, el territorio material y simbólico de pueblos y comunidades, es reconfigurado a partir de actividades mineras, petroleras, turísticas, forestales y similares. Actividades extractivas que provocan la reapropiación y resignificación del espacio geográfico (Leff, 2004), para convertirlo en un lugar que solo responda a las necesidades de la economía y a sus lenguajes de valoración mercantil (Svampa y Viale, 2020).

Derivado de esta expansión, aparecen nuevos conflictos y se avivan antiguas tensiones territoriales, con ello empieza a operar lo que Enrique Leff (2004), considera la ambientalización de las luchas indígenas y campesinas, así como la emergencia de un pensamiento ambiental latinoamericano.

Esto se ve reflejado en las cifras, en el contexto peruano, para el 20126 se registraron un total de 205 conflictos, de los cuales el 65.2% son de tipo socioambiental. Estas cifras tuvieron un aumento para el 20167 , donde figuran 212 casos de los cuales el 77% de tipo socioambiental, según la Defensoría del Pueblo.

Este periodo se caracteriza por la reactivación de la conflictividad socioambiental en Perú en regiones como Cusco, Apurímac, Arequipa y especialmente Cajamarca contra la expansión del proyecto minero Conga.

En el caso de la lucha contra Conga encontramos dos provincias autoorganizadas para el cuidado y defensa de sus bienes comunes de manera frontal. Por un lado, las comunidades de la provincia de Bambamarca que tienen bajo su cuidado las lagunas de Mamacocha, Mishacocha, Laguna Negra y Laguna Seca. Y la provincia de Celendín donde sus comunidades resguardan las lagunas de Perol y Azul, a las cuales se suman el distrito de Cajamarca al ser zona de influencia del proyecto, están siendo afectadas sus fuentes hídricas.

 

Fotograma de Operación Diablo, Edmundo Becerra, uno de los mártires ambientalistas asesinados.

El punto de quiebre de las tensiones entre Comunidades – Empresa – Estado, se da en la revisión e identificación de las irregularidades de la aprobación del Estudio de impacto ambiental (EIA) de Conga. Donde las orgaizaciones locales denuncian que no solo Celendín se iba a ver afectado, sino también Cajamarca y Hualgayoc; empezando así un proceso de articulación regional.

Encontramos una diversidad de actores que se involucran activamente. Entre ellas están las rondas campesinas, las juntas de riego, el sindicato de maestros, los frentes de defensa ambiental, colectivos ambientalistas, las ONG y organizaciones sociales de la región, que se articulan entre sí, para responder a las nuevas demandas de carácter ambiental y ecológico que provoca la actividad minera.

El avance y fortalecimiento de estos frentes de lucha, especialmente la articulación de las rondas campesinas a nivel nacional y con mayor énfasis en la región de Cajamarca, han generado que el Estado Peruano busque eliminar y delimitar las funciones de ronderas y ronderos. Entre sus estrategias está el neutralizar la autonomía de las rondas campesinas, a través de mecanismos jurídicos y políticos, anticonstitucionales.

Pero no solo en la región Cajamarca ocurre esto, se trata de una política nacional para criminalizar la protesta social en zonas de potencial conflicto socioambiental. La conflictividad socioambiental va a escalar de manera continua, y se consolida con el no respeto a los espacios de diálogo y toma de decisiones de las comunidades afectadas; el incremento de la criminalización y la represión, deja heridos y muertos bajo un manto de impunidad.

Es posible notar cómo se especializan las formas de vigilancia y hostigamiento en nombre de la seguridad de la población y de los bienes de la empresa contra los “antimineros” y “terroristas ambientales”. Pero sobre todo se modifican mecanismos legales para la judicialización y persecución de los defensores y defensoras del territorio, creando campañas de estigmatización y linchamiento mediático.

El contexto cajamarquino

Cajamarca se reconoce una región con tres espacios económicos diferenciados; el norte enfocado en agricultura con cultivos de café, arroz y cacao; el centro principalmente agrícola y pecuario; mientras que el sur es básicamente ganadero y minero (BCRP8 , 2020). La principal actividad de la población se ubica en las áreas rurales, donde habitan 64,6%9 de comuneros y comuneras mientras que la urbana es el 35,4%, reflejando el predominio de lo rural en la región.

 

Fotograma del largometraje: La hija de la laguna.

En la actualidad la actividad minera es la más importante en la generación del valor agregado bruto (VAB) de Cajamarca, ya que en el año 2020 su aporte fue de 15,3%, consolidándose como el segundo sector más importante, después de otros servicios (25,3%). En ese mismo año, Cajamarca se ubicó como el segundo productor de oro del país al contribuir con el 25,9% del total nacional. Entre las principales mineras se encuentran: Yanacocha en Cajamarca, Shahuindo en Cajabamba, compañía minera Coimolache y minera La Zanja en San Miguel y Gold Fields La Cima en Hualgayoc (BCRP, 2020).

Si bien los territorios cajamarquinos tienen una historia minera que empezó a inicios de la época republicana, por la explotación de plata en las minas de Hualgayoc, la arremetida extractiva de alta intensidad toma protagonismo a inicios de la década de los noventa, con el ingreso de la empresa minera Yanacocha, que marca el paso de la minería tradicional por socavón a la minería a cielo abierto.

El ingreso de los proyectos mineros a cielo abierto ha generado cambios en el paisaje y ordenamiento territorial en las comunidades. Ya que este método de extracción utiliza grandes cantidades de dinamita y destruye superficies de bosques, montañas, lagos y manantiales. En el caso específico de Cajamarca, pone en riesgo importantes fuentes de agua ubicadas a más de 3,000 metros sobre el nivel del mar10 .

Por la geografía de la zona, la mayor concentración de minerales se encuentra en las zonas alto andinas, donde se ubican diversas fuentes de agua y cuencas hídricas, que se les denomina cabeceras de cuenca, pues desde ahí nacen diversidad de lagos y ríos que alimentan de agua el territorio.

A diferencia de otras zonas del Perú, donde el agua proviene de grandes glaciares y nevados; Cajamarca se caracteriza por sus páramos donde se ubican las jalcas, es decir, las vertientes naturales de aguas subterráneas que irrigan la región.

Esta tensión provocada por la expansión de la minería a cielo abierto en el territorio, y sus métodos de depredación de la biodiversidad, pone en constante ataque no solo las economías locales, sino también la interacción social y natural que hace posible la reproducción de la vida. “Durante milenios, estas comunidades han ejercido control sobre la tierra, el agua y los medios de subsistencia que ahora las empresas están apropiándose” (Isla, 2017:47).

La presencia de las rondas campesinas, como uno de los actores protagónicos en esta lucha, trae una serie de repertorios culturales e identitarios que se sostienen en la memoria colectiva de las comunidades campesinas de la región de Cajamarca. Su figura icónica y simbólica en materia de seguridad y justicia propia evoca distintos relatos y recuerdos de cómo esta organización de base comunitaria se sostiene en el tiempo y sabe enfrentar las amenazas sobre sus territorios11 .

Las rondas campesinas en el contexto de lucha socioambiental, traen consigo la experiencia de auto-organización y movilización campesina de más de cuarenta años de acción colectiva. Historia que no ha sido ajena a la persecución y criminalización por parte los distintos gobiernos en turno, y que hoy se intensifica en la alianza entre empresas mineras y autoridades gubernamentales, para imponer proyectos contra la voluntad de las comunidades.

Todo este proceso de auto-organización del pasado reciente y actual ha sido narrado y documentado desde distintas prácticas sociales y culturales, que se sostienen en la tradición oral andina, como dispositivo que deja testimonio vivo de las experiencias y vivencias. Repertorios culturales y artísticos a través del canto popular en forma de coplas de carnavales, yaravíes, huaynos; literatura popular como en crónicas, cuentos, poemas; artes visuales y plásticas como pinturas, murales y grandes muñecos de carnavales; cine y audiovisual como ficciones, documentales, animaciones y proyectos transmedia y contenidos de redes sociales.

 

La activista antiminera: Amalia Cruzado, residente de Cajamarca, canta en una protesta, junto con otras mujeres.

Distintos soportes y lenguajes, dan a conocer los relatos de este proceso de organización comunitaria y a su vez aportan en la configuración de las identidades ronderas, construyen repertorios y acervos documentales con fuertes cargas testimoniales desde las voces y sentires de los mismos protagonistas de la historia. Por ello la relevancia de recuperar las diversas prácticas sociales que emergen, como posibilidad de imaginar otros futuros posibles frente a la imposición de las lógicas hegemónicas12 . De manera que se despliegan esfuerzos audiovisuales, individuales o colectivos, que acompañan las luchas y resistencias comunitarias para poner en marcha prácticas audiovisuales comprometidas que se suman a los repertorios de acción colectiva.

Extractivismos, resistencias y luchas por lo común

La lógica extractiva basada en la apropiación/explotación se expande a distintos campos de la vida social como extensión de los beneficios de la modernidad. Se impone cómo el único lenguaje de valoración posible, como forma predominante para la interacción política y el sentido de existencia (Lang, Machado y Rodríguez, 2019).

La presencia y uso de mega infraestructuras y tecnologías también alteran el espacio geográfico, no solo en la dimensión paisajística del territorio, sino en su capacidad de conectividad, de tal manera que las comunidades presencian la construcción de un territorio re-apropiado por y para la inversión (Machado, 2012).

Este proceso es acompañado por la construcción de narrativas neoliberales que refuerzan discursos y prácticas racistas, clasistas y coloniales, las cuales se sostienen por especialistas, políticos y medios de comunicación que no dudan de poner en marcha sus estrategias de criminalización y hostigamiento contra quien se oponga a ellos, como es el caso de la región de Cajamarca.

Por ello, es necesario pensar desde otros espacios y lugares de enunciación y producción de conocimiento. Interpelar el canon de la modernidad-colonialidad, y recrear otros horizontes de vida en común, que muestran posibilidades frente al meta-relato de un sistema que se resiste a desaparecer, se reinventa y sofistica desde las minorías dominantes (Castro-Gómez, 2005; Escobar, 2007).

Bajo el acuerdo por defender el “progreso y desarrollo”, despliegan relatos extractivistas (Gudynas, 2019), para estigmatizar a las comunidades que resisten al despojo, señalándolas de terroristas, anti-desarrollo, anti-progreso y con ello avalar el uso desmedido de la violencia en nombre de la generación de “fuentes” de trabajo.

De esta manera, se reactualiza el ciclo de políticas de masacres históricas sobre territorios, cuerpos y comunidades. No responden a un orden lineal ni homogéneo, sin embargo, es posible identificar cierta continuidad extractiva impregnada en la historia y memoria, determinada por un imaginario social sobre la naturaleza, las formas de hacer política y de gestionar la economía desde la relación apropiación/explotación de los bienes comunes.

La expansión de las “fronteras extractivas” también trae como respuesta la emergencia de una arremetida crítica al extractivismo13 que posiciona prácticas en clave ecológica y política, confrontando a las economías primario-exportadoras desde los movimientos y organizaciones sociales y territoriales.

Entonces la disputa territorial se expande más allá de lo físico y material, se inserta en la producción de sentidos y narrativas de resistencias, incidiendo en los modos de evocar la memoria, construir identidad y vivir la cotidianidad. Esto va acompañado por registros y producciones audiovisuales que dan cuenta de las tramas comunitarias y su acción colectiva en contextos de conflictividad socioambiental.

Con ello se intenta prestar atención a la diversidad de experiencias de lucha cotidiana que movilizan su energía social para garantizar las condiciones materiales y simbólicas de su propia (re)producción, a partir de prácticas políticas que se enuncian como producción de lo común (Gutiérrez y López, 2019).

Hoy día, están activas subjetividades rebeldes ante la fiebre extractivista, que defienden su tierra/territorio del saqueo y la privatización, aquí llamados “luchas por lo común” (Navarro, 2015). Estas emergen cuando el entramado social se ve amenazado, en estos casos, por una actividad extractiva.

Estas luchas y resistencias se caracterizan por el énfasis en el valor de la tierra y del territorio basado en la memoria cultural y simbólica que le dan sus habitantes, que no puede ser expresado en clave economicista.

Además, en los últimos veinte años han puesto en la agenda, pública y académica, una visión que rompe con las lógicas filosóficas, históricas y sociológicas heredadas de la modernidad europea-capitalista (Acosta y Machado, 2012).

En este camino entendemos que las luchas por lo común responden a prácticas heterogéneas y distintas formas comunitarias de regenerar los vínculos y pensamientos que se despliegan a partir de esfuerzos colectivos para garantizar la reproducción de la vida común, como Juventud organizada celendina (JOC), Plataforma interinstitucional celendina (PIC), Asociación de mujeres en defensa de la vida de Cajamarca, Rondas campesinas y Frentes de defensa ambiental.

Por ello, las luchas por el territorio se presentan de manera más amplia, legítimando demandas por la tierra, los bienes comunes o los derechos. Estas luchas no se separan entre lo político, social, cultural y económico, sino que invitan a pensar alternativas de manera integral como ámbitos interrelacionados que se condicionan entre sí. El territorio se presenta como espacio relacional que materializa las relaciones de poder como la reproducción de la vida (Lang y Gabbert, 2019).

Las luchas territoriales acentúan las bases para un lenguaje de valoración común sobre la territorialidad, lo que autores como Svampa llaman el “giro ecoterritorial”, donde convergen distintos lenguajes y sentidos a partir del encuentro entre la matriz indígena-comunitaria y las narrativas autonómicas por la defensa del territorio en clave ambientalista (Svampa, 2012).

Este giro implica generar otros marcos para el entendimiento de nuestros tiempos. Es evidente el surgimiento de este sujeto colectivo, sistemáticamente descalificado por los grandes medios, criminalizado y reprimido por los gobiernos14 .

Este sujeto colectivo propone una perspectiva crítica que cuestiona abiertamente el modelo de desarrollo extractivista hegemónico y su concepto de naturaleza, proponiendo sus propios lenguajes de valoración y otras formas de representación del mundo.

De este modo, es posible entender lo común como una dimensión que se materializa cotidianamente, a través de las prácticas sociales colectivas que no están sometidas a la lógica mercantil. En ese sentido, se plantea una relación antagónica respecto a las estrategias implementadas por el “despojo capitalista” y la defensa emprendida por las comunidades en resistencia.

El despojo capitalista, por su parte, se refiere al proceso de expropiación de las diversas formas en las que se manifiesta lo común, cuya política más visible es el extractivismo. En este sentido, las luchas socioambientales son la expresión más tangible de la relación antagónica entre el capital depredador y la defensa de los bienes comunes, protagonizada por hombres y mujeres que no están dispuestos a vender lo que para ellos no tiene precio (Navarro, 2012:149).

 

Fotograma del mediometraje: Máxima, This Land of Mine.

La producción y posibilidades de lo común frente a la amenaza de los tejidos sociales en el contexto extractivo, son un camino posible para la acción colectiva y la reproducción social de la vida. Se suman a un nutrido acervo histórico de luchas que emergen en nuevos códigos y subjetividades que dan sentido a los distintos ciclos de lucha en la región.

Estos horizontes abonan al debate y la acción hacia la producción de una subjetividad común en el espacio latinoamericano de las luchas. De esta manera, se despliega su capacidad movilizadora para instalar nuevos temas y consignas desde los entramados por lo común.

Muchas de estas luchas recuperan los legados de los pueblos originarios y reivindican las diferentes identidades que existen y resisten en la región, como la resistencia contra el proyecto minero Río Blanco y por la defensa de los páramos en Huancabamba (Piura), o las acciones comunitarias de lucha contra el proyecto minero Cañariaco por el respeto sobre la autodeterminación de las comunidades Cañaris en Lambayeque, hasta el emblemático caso del Cerro Quilish en defensa del Apu sagrado de la ciudad de Cajamarca, por mencionar algunas experiencias situadas de la zona norte de Perú.

Estas luchas presentan atención al respeto por las diversas espiritualidades, la erradicación de la discriminación racista y étnica, recuperación de las formas colectivas de tomas de decisión, la decolonialidad de las ciencias y tecnologías, y sobre todo exigen una nueva ética social y alternativa al mercado (Acosta y Machado, 2012).

Este giro da el marco común para este otro entendimiento de la acción social, desde esquemas alternativos productores de una subjetividad colectiva. Dónde bienes comunes, soberanía alimentaria, justicia ambiental y “buen vivir”, son algunos puntos de encuentro en las demandas actuales.

La ancestral lucha por la tierra está de regreso, convertida en defensa del territorio y el patrimonio de los pueblos, una resistencia que es multiforme, pues responde a amenazas diversas: minería tóxica, grandes presas, carreteras, urbanizaciones, cárteles de la droga, entre otros (Bartra, 2013:716).

Es desde estas voces, en resistencia, que la expresión “saqueo” se actualiza en la memoria colectiva, atrayéndola al presente para luchar contra la imposición del olvido social.

Las imágenes en movimiento y las luchas por la defensa del territorio en Cajamarca

En Perú, especificamente en Cajamarca, es notable la producción de piezas audiovisuales que indagan, sobre las causas y los efectos del aumento de la conflictividad socioambiental. Si ampliamos la perspectiva a nivel nacional, haciendo un corte en la producción audiovisual de los últimos veinte años en Perú, este diálogo hacia lo ecoterritorial es todavía más evidente.

Esto se pudo constatar con una investigación realizada colectivamente y titulada “Narrativas del documental independiente peruano: conflictos socioambientales, audiovisual y memoria (2000–2018)15 , que recuperó una constelación de 235 documentales que dan cuenta de un país sembrado de múltiples procesos de lucha para frenar el extractivismo y sus devastadores efectos.

Este acervo audiovisual contiene y resguarda del olvido decenas de historias personales y colectivas que desmoronan la narrativa desarrollista con la que se justifica, oculta y minimiza el despojo socioterritorial de los últimos veinte años en Perú. Recuperan el valor testimonial desde el protagonismo, sentir y mirada de mujeres y hombres del campo y la ciudad, en defensa de sus modos y medios de vida, ante la ola de proyectos de muerte que se justifican con el discurso del desarrollo y en nombre del crecimiento económico.

En este acervo encontramos que emergen prácticas audiovisuales comprometidas que dan a conocer las propuestas alternativas al desarrollo desde las comunidades y pueblos en defensa de sus territorios, procesos creativos que evocan narrativas para sostener, cuidar y garantizar la reproducción material y simbólica de la vida colectiva (Gutiérrez y López, 2019).

La clave de lectura que proponemos para comprender este tipo de producción documental peruana de los últimos tiempos, es la propuesta hacia el giro ecoterritorial, esta es útil porque nos permite vislumbrar discursos y prácticas audiovisuales que enmarca toda una diversidad de pensamientos y acciones colectivas que van en contra de la devastación socioambiental desde una perspectiva de la ecología política latinoamericana.

Centrados en la experiencia peruana, con foco en la región de Cajamarca, encontramos en la zona la mayor producción audiovisual de los últimos veinte años.

De este espigueo, entre archivos abiertos en la red y consultas a acervos particulares de realizadores, comunicadores, activistas y organizaciones de base, se encontró que de 235 documentales a nivel nacional en Perú que 65 corresponden a la región de Cajamarca y su memoria de lucha contra los proyectos extractivos de los últimos 20 años.

Es en este desplazamiento y emergencia de una propuesta audiovisual política, y desde una mirada situada en Latinoamérica, que se detona una nueva herencia de prácticas audiovisuales comprometidas, todas ellas acompañan de manera intermitente los distintos capítulos de la historia reciente, produciendo contenidos fílmicos, hoy audiovisuales, para narrar desde otras miradas los procesos de lucha, resistencia social y política. En su mayoría, son prácticas audiovisuales de carácter documental que ocupan un lugar estratégico en la construcción de memorias protésicas (Landsberg) que emergen desde la videosfera latinoamericana.

Esta nueva “tradición”, que se despliega en referentes como fue la corriente del Tercer cine, dentro del Nuevo cine latinoamericano (en los sesenta y los setenta), el movimiento latinoamericano de video popular y alternativo (en los ochenta), la emergencia del cine y video de los pueblos originarios desde la Coordinadora latinoamericana de comunicación de los pueblos indígenas (CLACPI, desde 1985 hasta la actualidad), la emergencia del cine comunitario o los medios libres, alternativos autónomos (Gonzales-Oviedo, 2022).

En ese caminar, es relevante señalar el protagonismo que ha tomado el rol de la comunicación dentro de los movimientos sociales, y con énfasis en el nivel de producción de contenidos audiovisuales. Es así que en los últimos veinte años han surgido diversidad de colectivos audiovisuales que acompañan procesos sociales y políticos desde dentro y/o fuera de las luchas socioambientales en defensa del territorio, en el caso de Cajamarca, suele ser recurrente la colaboración entre colectivos y organizaciones locales con las experiencias audiovisuales de las asociaciones Guarango cine y video, DOCUPERÚ, la ONG Quisca producciones, los colectivos Tomate colectivo, Espacio abierto, Maizal, entre otros.

Un giro visual acontece sobre la representación de las luchas y resistencias territoriales y comunitarias. De manera que la mediación audiovisual de los movimientos produce documentos visuales y sonoros que nos refieren y acercan a mundos-de-lavida16 (Lebenswelt), la cotidianidad y subjetividad que emergen tanto en los tiempos ordinarios como en los extraordinarios de sus luchas por la vida en común.

Las modalidades de representación documental, desde un abordaje y preocupación por la dimensión histórica y social de estos procesos, convierten lo documental en dispositivo, discurso y práctica para la expresión de la memoria (León, 2019). De tal manera que estas prácticas audiovisuales se pueden producir desde una lógica histórica (en el registro de los hechos) que alimenta los archivos y acervos propios, o desde una lógica mediática, que es mediada desde lo experiencial de las y los realizadores sobre el abordaje de la realidad y la representación audiovisual de dicha realidad.

Por otro lado, Alex Schlenker, propone un primer momento para descolonizar la visualidad, y con ello su capacidad de guardar una memoria visual, pasa por el acceso al lenguaje de representación, para dar un segundo momento que busque desmontar el proceso de representación y circulación poniendo en cuestión: ¿Quién representa a quién y para qué?, ¿Qué se representa y cómo se lo representa?, ¿Desde dónde se representa y para qué audiencia/espectador?, ¿En dónde circulará esa imagen y por qué o para qué? (Schelenker, 2012:138).

Encontramos una diversidad de producciones que registran y documentan distintos momentos de las luchas socioambientales de los últimos años en la región de Cajamarca, donde el dispositivo audiovisual se pone al servicio de las luchas en la defensa del territorio desde distintos niveles de acompañamiento, colaboración y participación.

Dentro de esta constelación audiovisual dispersada y abierta en la red (en su mayoría), y reunida con fines de la investigación en un acervo particular, encontramos que entre los rasgos propuestos por Aprea (2015), que predominan en este cuerpo de estudio las producciones donde las y los personajes involucrados en los acontecimientos dan cuenta de sus memorias a partir del testimonio oral, que se acompaña con registros de la cotidianidad y el uso de archivos de fotografías y/o videos como recursos de apoyo visual a lo narrado.

Como es el caso del cortometraje documental La tierra clama justicia (2013)17 , donde la directora del proyecto Keyth, narra en primera persona como vivió la represión policial en Celendín el 3 y 4 de julio de 2012, sucesos que terminaron con el asesinato de cuatro de sus compañeros.

 

Fotograma del cortometraje: La tierra clama justicia.

A partir del testimonio personal, la directora nos invita a conocer Celendín a través de sus calles, las pintas sobre las paredes, las banderolas y los testimonios de sus pobladores que a modo de encuesta reciben un grupo de fotografías y reconocen entre ellas a los compañeros asesinados, de manera que evocan los acontecimientos de esos días de violencia. Así mismo, el documental hace uso de archivos de foto y video que guarda la Plataforma interinstitucional celendina, para ilustrar de manera directa y cruda el nivel de violencia de la represión policial.

En esa misma sintonía de trabajo, de evocación de la memoria vivida y narrada de manera audiovisual, se encuentra el cortometraje: Máxima, This Land of Mine (2018)18 , de la documentalista Mariel Sosa, quien registra la cotidianidad de Máxima Acuña (a quien vemos abajo) desde su casa ubicada en Tragadero Grande y recoge el testimonio de ella sobre el acoso y amedrentamiento que sufre por parte de los trabajadores de la mina Yanacocha y la policía nacional. A diferencia del documental anterior, que se sostiene por una voz narradora en primera persona que se intercala con testimonios a cámara, esta pieza construye su propia narrativa audiovisual sostenida por el relato visual con una destacada dirección fotográfica, para adentrarnos de manera estética y sensorial en ese paisaje en disputa.

Ambas producciones recurrieron a personas involucradas en los acontecimientos para que den testimonio de lo vivido, provocaron procesos de evocación para recuperar sensaciones, sentimientos y opiniones desde una mirada subjetiva, sea de un relato coral o un testimonio individual, y desde esa narrativa interpelar el relato oficial.

Estos rasgos no se proponen como categorías cerradas o de manera exclusiva para clasificar las producciones como un cuerpo homogéneo, sino que son características que podemos identificar de manera común entre las obras, o en todo caso como rasgos particulares, según sea la naturaleza de cada producción en específico.

 

En esta línea, el cortometraje MAR: Mujer Alegre Rebeldía (2015)19 , editado de manera colectiva en la escuela de Caracol Terco (territorio y comunicación), recupera material de archivo de los registros audiovisuales de la Gran marcha nacional de los pueblos, en el año 2014, rumbo a la COP20 (Vigésima conferencia de las partes de la convención, marco de las Naciones Unidas sobre el cambio climático), y reconstruye el viaje de la resistencia celendina que marchaba rumbo a Lima. El documental se sustenta en la participación de las mujeres y los distintos obstáculos que deben superar durante el camino de la marcha. Narrativa que emula el cine directo y nos invita a conocer parte de la dimensión sonora de la resistencia celendina con los cantos registrados en directo, arengas y declaraciones en plazas públicas que evidencian y dan cuenta de la lucha a través de este texto audiovisual:

“Desde Conga vengo con los guardianes defendiendo el agua que tú beberás. Desde Conga vengo con los guardianes defendiendo el agua que tú beberás. Agua que rica agua, agua para la vida.
Agua para beber“.

(MAR: Mujer Alegre Rebeldía, en el 4’06’’).

Producción que podemos conectar con el documental Marcha nacional por el Agua (2012)20 , realizado por la asociación DOCUPERÚ por el estilo de cine directo, y que encontramos como uno de los primeros trabajos audiovisuales que empiezan a registrar y documentar el nuevo ciclo de conflictividad minera en la región de Cajamarca, ahora con la expansión del proyecto minero Conga.

Estas dos producciones se realizan a partir del registro audiovisual de las Marchas nacionales por el agua promovidas desde las organizaciones sociales de Cajamarca, y posteriormente son editadas en formato documental. Entre sus rasgos encontramos que no interpretan los hechos desde alguna narración, tampoco provocan procesos de evocación en su narrativa, no aluden a personajes para recuperar testimonios, pero si recuperan sensaciones, sentimientos y opiniones que los registros lograron captar y de esta manera construir narrativas que siguen en la lucha por interpelar el relato oficial, amplificando otras miradas y versiones de los acontecimientos.

Este tipo de registros audiovisuales de acompañamiento a los repertorios de protesta y acción colectiva de la lucha contra el proyecto minero Conga, va a ser una constante que se plasma en experiencias colaborativas como la producción de Ojo de lechuza TV o la serie audiovisual Trazando resistencias de Tomate colectivo. Iniciativas que podemos conectar en parte con el trabajo que Guarango cine y video, Quisca producciones y DOCUPERÚ21 realizaron años antes, alrededor de otros conflictos en la misma región.

Experiencias que, en alianza con las organizaciones locales de Cajamarca, Bambamarca y Celendín, así como con el apoyo de las ONG como GRUFIDES, Warmayllu, Ingenieros sin fronteras, PDTG, CNDDHH, entre otras, han logrado documentar distintos momentos de la conflictividad, y sobre todo prestan atención a las estrategias comunitarias de resistencia.

Este tipo de registro audiovisual resalta por sus formas de acompañamiento que permite tener en su acervo una serie de archivos de libre acceso para la creación de nuevos contenidos y son parte de procesos de producción en sí mismos, prácticas que producen textos audiovisuales como fuentes posibles para acercarnos al pasado desde su discursividad, y repositorios abiertos para la consulta y búsqueda de registros que evidencian la veracidad de los sucesos.

Nos encontramos con prácticas, que a partir del registro de los repertorios de protesta y acción colectiva, suman artefactos de memoria, donde la documentación audiovisual captura acciones que por su condición de fugaces y/o inmateriales podrían escapar de algún tipo de documentación, conservación y perdurabilidad temporal.

Quienes realizan los registros comparten un tiempo y espacio común con los sujetos que protagonizan las acciones, son testigos de lo acontecido, sin embargo, las imágenes que llegan a la audiencia o los consultantes del archivo ya tienen un desplazamiento temporal y espacial, se enfrentan a modos de representación audiovisual, a un intercambio mediatizado que se complementa con los metadiscursos que acompañan el contenido y permiten la materialidad y el soporte audiovisual de la acción registrada (Koldobsky, 2006). Emerge una constelación de producciones audiovisuales que marcan sus propios modos de producción, circulación y consumo, que expanden formas de relación con el pasado reciente.

Bajo esta perspectiva, no es casualidad que el primer documental que aparece en la cronología del acervo sea Choropampa, el precio del oro (2002)22 , largometraje dirigido por Ernesto (Tito) Cabellos y Stephanie Boyd, producido por Guarango cine y video. Historia que nos remite a la lucha de la comunidad de Choropampa (Cajamarca) luego del fatídico derrame de mercurio sobre su territorio por parte de la empresa minera Yanacocha.

Vale resaltar el rol de Guarango cine y video como experiencia audiovisual externa a la región, que, desde su apuesta por un cine comprometido, ha logrado acompañar distintos procesos de luchas contra la megaminería durante la primera década del siglo XXI. En su trabajo de realización, se han caracterizado por acompañar los procesos con espacios de capacitación mediática para fortalecer el trabajo de las comunidades en lucha, en entrevista en el 2019, manifiesta:

Con muy pocos fondos salimos a registrar lo que nadie más estaba filmando en el año 2000, en el 2001, cuando la prensa todavía estaba controlada, porque justo había terminado la dictadura. Estábamos en una etapa en que no habían salido producciones independientes, y cuando filmamos Choropampa éramos los únicos allá. Era muy importante registrar lo que estaba pasando y transmitir sin mucha manipulación, para que el público se diera cuenta de que esto es lo que está pasando y es real. (Boyd, comunicación personal, 2020)

En ese camino de acompañamiento mediático desarrollaron de manera intuitiva una propuesta de colaboración entre cineastas y comunidades, creando vínculos de reciprocidad y apoyo mutuo según cada uno de sus proyectos. Es interesante prestar atención a las dimensiones extra cinematográficas de este caminar audiovisual, pues ahí se crean las condiciones para el despegue de la efervescencia audiovisual en clave colaborativa en el país.

De la experiencia de Guarango cine y video, va a emerger un proyecto personal de Stephanie Boyd que se materializa en Quisca producciones, quien continúa el trabajo de creación audiovisual y acompañamiento mediático en Cajamarca durante la realización de su película: Operación diablo (2010)23 . Esta última producción evidencia cómo funciona la red de hostigamiento y espionaje de empresas privadas de seguridad que operan al servicio de las grandes empresas mineras en el Perú, específicamente Yanacocha (Cajamarca) y Majaz (hoy Río Blanco en Piura).

Es durante la realización de esta película, que en uno de los talleres de medios que facilitaba el equipo de producción dirigido a líderes ambientales locales, Milton Sánchez (integrante de la Plataforma interinstitucional celendina) presenta el caso Conga y las amenazas que trae la expansión del proyecto minero que pone en riesgo las cabeceras de cuenca de Celendín y Bambamarca.

Como parte de este proceso de formación en medios Quisca producciones y Guarango cine y video, invitan a colaborar a DOCUPERÚ para fortalecer los talleres desde su experiencia de trabajo en documental participativo. De esta manera se llevan a cabo una serie de talleres dirigidos a líderes sociales de la región para profundizar en el uso del video y la comunicación digital como herramientas para la lucha.

A partir de estos talleres se van a realizar alrededor de 12 piezas documentales durante 3 años de intervención y acompañamiento (2009-2011), cortometrajes que narran distintas problemáticas sociales y ambientales de la región Cajamarca. Estos talleres se proponen acercar el audiovisual para fortalecer el ecosistema mediático en la defensa del territorio, incentivar la producción documental en clave participativa y que sean los mismos sujetos protagónicos de las historias, quienes den cuenta de sus historias a través del video.

En este esfuerzo por hacer una cartografía audiovisual de la producción sobre la lucha contra el proyecto minero Conga, identificamos el cortometraje Yakumama (2009)24 , dirigido por Nélida Ayay, como pieza que abre un nuevo momento para narrar la conflictividad ambiental en la región de Cajamarca. A partir de una narración en primera persona, se construye un relato poético donde la directora plasma su sentir como mujer y campesina, pero sobre todo rompe con la mirada antropocéntrica y manifiesta la urgencia de recuperar otras formas de vincularse con la naturaleza, en una relación armónica y de pares.

Desde que yo recuerdo, cuando tenía 12 años de edad, llevaba mi ganado a dar agua al río Quilish. También íbamos a bañarnos y a jugar con mis amiguitas, disfrutábamos de su pureza, de su calor de agua. Tomábamos directamente del río. Un río saludable, con agua limpia, con animales, como el sapo, la trucha, el culcul. Jugábamos a las ganaditas, cogíamos a los culcules, los buscábamos debajo de las piedras, para luego asustar a las personas que no los conocían, era un vacilón (testimonio Nélida Ayay, documental Yakumama).

Este cortometraje da un giro en la narrativa audiovisual sobre las luchas ambientales en la región Cajamarca, toma distancia de producciones (también necesarias) que centran la mirada en el conflicto y la denuncia abierta a los responsables de los crímenes ambientales y la violación de derechos humanos. Busca enfocar a las narrativas propias que emergen desde las comunidades y las formas con las que dan cuenta de sus modos de vida, desde un abordaje hacia sus subjetividades, memorias y cotidianidades.

Nuevamente, no es casual la influencia de este cortometraje en la narrativa audiovisual de esta constelación, al punto que Ernesto Cabellos propone a Nélida Ayay como protagonista de su último largometraje: Hija de la laguna (2014)25 . Documental que toma distancia de los trabajos previos de Guarango cine y video, tanto en estilo como en enfoque, ya que retoma el sentido poético de Yakumama, para narrar desde la mirada de Nélida cómo se expande la ambición por el oro, la amenaza sobre el agua y los seres vivos que habitan en las lagunas, para así presentar desde un sentido mágico y espiritual de la cosmovisión andina, la lucha por el territorio que vuelve a emerger en Cajamarca, el realizador Ernesto Cabellos nos dice:

Yo tenía referencias de Nélida por el corto de Yakumama. Al principio estaba apagada, tímida, pero su voz fue ganando más confianza, su voz emergió con una fuerza y con una belleza, que yo jamás iba a lograr. En ese momento pensé que lo mejor era invitarla a ella a sumarse al equipo y que sea la que nos guíe por los caminos de esta historia. (Cabellos, comunicación personal, 2020).

Vale resaltar también, que hasta ese momento las obras anteriores de Guarango cine y video, si bien se han caracterizado por sus formatos corales donde recuperan testimonios de hombres y mujeres, se habían centrado en protagonistas hombres.

Sin embargo, intentamos prestar atención a la emergencia de protagonistas femeninas en los relatos audiovisuales. Por ello resaltamos la serie de video participativo Tejiendo resistencias (2013), producida por el Programa democracia y transformación global (PDTG), el cual fue uno de los componentes de la investigación de acción participativa “Género y minería”. Esta serie es realizada a partir de talleres de comunicación con mujeres lideresas de las provincias de Cajamarca, Bambamarca y Celendín, donde de manera colectiva se propone narrar tres historias personales para evocar la memoria de la participación de las mujeres en la lucha contra el proyecto minero Conga.

 

Imagen hemerográfica, fotograma del largometraje: Operación diablo, uno de los activistas asesinados.

A partir de registros sobre el día a día de las protagonistas, testimonios orales y archivos de foto y video, se evocan recuerdos que son narrados en primera persona, donde dan cuenta sus vivencias, sus conocimientos encarnados, sentires y perspectivas políticas sobre la lucha. Cabe señalar que es el único espacio de creación colectiva, hasta la fecha en Perú, que se enfoca en un proceso de colaboración con mujeres desde el audiovisual, para la defensa del territorio.

Tejiendo Resistencias, una apuesta en colaboración

La serie documental Tejiendo resistencias, consta de tres cortometrajes que nos acercan a la memoria, subjetividad y cotidianidad de tres mujeres que luchan contra la imposición del proyecto minero Conga sobre sus territorios. De esta forma encontramos las historias de Keyth, Amalia y Blanca, quienes dirigen y protagonizan sus propios relatos audiovisuales.

A partir de la construcción de narrativas propias y el uso de herramientas metodológicas de la educación y comunicación popular, se desarrolla el proceso de producción audiovisual que dan como resultado los documentales La tierra clama justicia26 , Memorias de fuego (2013)27 y Aguas de libertad (2013)28 .

Piezas audiovisuales que emergen de un proceso de convivencia y creación colectiva, donde los sujetos de cambio, en este caso mujeres organizadas para la defensa de sus territorios, dan a conocer sus miradas y sentires sobre la lucha de la cual son parte. De esta forma comparten experiencias y reflexiones sobre las tensiones del poder de género en los territorios en disputa por actividades extractivas, como las que se viven en las zonas altas de la región de Cajamarca.

La representación del pasado no tiene una forma única, esta se construye desde los marcos sociales que evocan el recuerdo. Se configura y construye según la acumulación de experiencias y vivencias, creando una suerte de estética de la memoria, que se manifiesta desde dispositivos o artefactos culturales, creando puentes de diálogo con el pasado y su evocación en el presente.

La historia de Keyth en La tierra clama justicia, nos invita a transitar por las tensiones de la memoria y el olvido en Celendín. A casi un año del asesinato de los cuatro defensores del agua en la provincia, ella recorre las calles de la ciudad con fotografías de los mártires del agua, buscando abrir el diálogo sobre los acontecimientos que enlutaron la región.

Las imágenes y testimonios nos muestran que la herida sigue abierta, cada vez que se reconoce el rostro de las fotografías se recuerdan los hechos del 3 de julio de 2012, que son acompañados con una fuerte exigencia por justicia. En este tránsito de lucha contra el olvido se hace uso de la narración en primera persona que da cuenta de su participación activa como defensora del agua y relata el uso excesivo de la violencia por parte de la policía nacional y las fuerzas armadas para reprimir la protesta social.

De esta manera, nos enfrentamos a una narrativa que sostiene aún el trauma colectivo de la represión y que se transmite en los testimonios que recopila el documental, con ello se hace alusión a la tranquilidad que caracteriza a Celendín, que se vio vulnerada por la violencia y militarización de sus calles. La historia continúa con la participación de Jarly, Ramón y Marino, quienes han participado fuertemente en la lucha de Celendín por el agua y expresan sus memorias cada uno desde sus tiempos y responsabilidades dentro del movimiento. Los testimonios nos permiten reconocer las exigencias sociales diferenciadas que se dan entre hombres y mujeres según la posición que les tocó tener durante los enfrentamientos, que entendemos tiene que ver con la construcción social del género.

 

Imagen de archivo, fotograma del cortometraje: Aguas de libertad.

Las reflexiones finales del cortometraje nos invitan a escuchar las razones para defender el agua, acercarnos a otra mirada sobre la lucha y resistencia celendina, por la autonomía de su pueblo y el derecho a decidir sobre su futuro y la exigencia por justicia.

Por otro lado, la historia de Amalia nos lleva a las calles de la ciudad de Cajamarca, desde un relato testimonial en primera persona la vemos en sus labores de cuidados domésticos mientras recuerda los días de las protestas durante el paro regional contra el proyecto minero Conga.

El relato audiovisual: Memorias de fuego, evoca los distintos lugares y espacios simbólicos de encuentro de las organizaciones durante los días de lucha, como son la plazuela Bolognesi, el Arco del Triunfo, la iglesia San Francisco.

A través de un recorrido por las calles de la ciudad, nos invita a conocer estos espacios que se han vuelto parte de la memoria colectiva de los días de convivencia y resistencia durante la lucha. Ella recuerda y narra la experiencia de las ollas comunes durante las movilizaciones, tarea que estuvo bajo las manos de las mujeres organizadas que desde esos espacios sostienen también la resistencia.

Imágenes de la violencia policial pateando las ollas en la plaza Bolognesi ilustran el recuerdo de Amalia que con dolor y rabia recuerda esos momentos. Con el uso de material de archivo de video de las cámaras de seguridad y registros de video de periodistas independientes, se reconstruye el momento de represión y violencia contra las ollas comunes, expresión del abuso masculino de poder del cual emanan distintas opresiones, como las de ser mujer frente al hombre, pero también las del trabajo subestimado del sustento frente al trabajo remunerado e institucionalizado de la policía, pero sobre todo la tensión entre los que resisten y los que reprimen.

 

Operaciones a cielo abierto de la minera Yanacocha han alterado el paisaje rural en la provincia de Cajamarca, donde se extrae oro y plata, fuente: wikipedia.

Tanto en la historia de Keyth, Amalia y finalmente en la de Blanca, las ollas al fuego es una acción en común que coincide el registro de la cotidianidad de cada una y que aparece como detonador de sus relatos, lo cual resalta esta actividad muy asociada al rol de la mujer que se reivindica como lugar para organizar los cuidados, desde la preocupación solidaria y pensar las necesidades de la resistencia desde el apoyo mutuo.

El tercer documental, Aguas de libertad, nos lleva al caserío del Tambo, donde Blanca nos invita a conocer su territorio guiados por la tradición oral de su pueblo, donde le canta al río a modo de ofrenda para comenzar su relato y dar a conocer la historia y el rol de las rondas campesinas en la lucha. La carga de la tradición oral y los cantos populares que se usan de manera recurrente como dispositivo de narración en los cortometrajes que se sostienen en la memoria oral de la lucha.

La historia se desarrolla en un caserío rural, entre cerros verdes del valle, que es recorrido por las aguas del río Llaucano que aún resiste a la expansión minera y la contaminación de su territorio. El cortometraje se centra en el registro de la cotidianidad de la vida de Blanca (mujer rondera en su localidad) desde que amanece y la diversidad de labores que desarrolla en su vida comunitaria.

Blanca nos adentra en la vivencia de las comunidades rurales que resisten contra el proyecto minero Conga, en su relato atestigua en palabras sencillas la importancia y la necesidad de tener agua limpia para todas las actividades que realizan. Hace énfasis en sus preocupaciones individuales, pero sobre todo en el sentir colectivo que sostienen desde la organización de las rondas campesinas como guardianes de las lagunas.

Su relato nos acerca a las nociones de la minka y el ayni29 como prácticas de solidaridad que emergen de la cosmovisión andina y que son fundamentales para sostener el tejido comunitario y revitalizar el compromiso por la ayuda mutua y la solidaridad sobre todo en la organización y resistencia de las rondas campesinas. Su historia personal se complementa también con su participación activa en la organización y las tensiones por construir espacios de participación política para y desde las mujeres, que poco a poco van haciendose respetar y posteriormente van liderando dentro de las organizaciones mixtas.

En su conjunto, estas tres piezas documentales conforman la serie Tejiendo resistencias, un proceso que recopila y narra las vivencias de mujeres que viven directamente la afectación de la conflictividad minera en sus territorios, quienes están en resistencia para construir alternativas comunitarias frente a la expansión extractiva.

Así como estas historias, encontramos una diversidad de relatos audiovisuales que se relacionan como lógicas colaborativas, participativas y comunitarias para construir narrativas que permitan visibilizar otras voces, estas formas narrativas, suelen no ser tomadas en cuenta por lógicas convencionales de producción audiovisual que en su mayoría responden a intereses personales y agendas externas.

Sin embargo, aquí nos encontramos con narrativas que proyectan sentimientos, imaginarios, sueños y aspiraciones de cambio, como las que se dan en esta serie, donde las mujeres viven y recrean diversas formas de resistir como alternativas de vida y exigen el reconocimiento de sus roles en la lucha, en la disputa del campo político y en la organización comunitaria.

La serie documental se sostiene en la evocación de los recuerdos de lucha, la solidaridad y resalta la importancia de los cuidados como eje central para la reproducción social de la vida y de las luchas.

La memoria no es una simple rememoración del pasado, sino una fuente vital para configurar el antagonismo presente con las luchas anteriores y desplegar una idea de futuro a partir de la autodeterminación de los propios pueblos (Tischler, 2005:8).

Frente a los conflictos ambientales surgen respuestas y modos narrativos desde memorias que no nacen de la nada. Son parte de una actualización de los mundos y modos de vida relacionales que están presente en los territorios que se habitan y defienden.

A modo de cierre

En el escenario cajamarquino, identificamos la aparición de nuevos entramados que actualizan los repertorios de acciones colectivas, que se dan entre la coordinación de grandes estructuras organizacionales y pequeños colectivos audiovisuales de apoyo a las acciones30 . Se activan las participaciones de diferentes colectivos culturales, ciertas ONG (ambientalistas o de derechos humanos) con lógicas de movimientos sociales, involucramientos de académicos y expertos, que acompañan la acción de las comunidades, organizaciones y movimientos.

La articulación de actores y partes involucradas, promueve un diálogo que pone en valor los saberes locales y la producción del conocimiento independiente en contra de discursos dominantes, para crear relatos propios y referentes estéticos en lo visual y sonoro. Se despliega una acción discursiva y práctica, que supera las fronteras locales y nacionales en Perú, diversificando las estrategias de lucha, Svampa y Terán-Mantovani, (2019:184) afirman lo siguiente:

Combinan la movilización de base y la articulación de redes sociales con la generación y aplicación de diferentes instrumentos técnicos y legales (amparos colectivos, nuevas ordenanzas, demanda de consulta pública, leyes de protección del ambiente y de los derechos de los pueblos originarios).

 

Fotograma del cortometraje: Alerta Máxima Acuña Chaupe. Granaderos amedrentan a la familia de Máxima Acuña, en su terreno en Tragadero Grande, rodeado por la minera Yanacocha.

Estas medidas dan lugar a nuevos espacios de articulación y emergen iniciativas desde las comunidades y organizaciones, que acompañan las luchas, para desmantelar el imaginario pro-minero y dar a conocer sus horizontes de vida como alternativa antagónica al desarrollo extractivista del modelo neoliberal. Se amplifican las redes de solidaridad a una diversidad de espacios de exhibición, muestras, festivales, foros, etc.

Estas prácticas nos proponen formas de vinculación desde el acompañamiento, la colaboración y participación como caminos posibles para dar cuenta de las historias reciente de comunidades, desde el abordaje de narrativas testimoniales, sostenidas en la historia oral y la memoria colectiva que emergen desde el arraigo territorial para interpelar las versiones y maneras de ver y relatar, de los grupos pro-mineros abriendo un campo de lucha política y disputas de imaginarios, pero sobre todo, recuperando la tradición del quehacer de la educación y comunicación popular, ahora en clave de una ecología política latinoamericana que reivindica los entramados comunitarios.

Estas propuestas tienen en claro la importancia de construir un pensamiento propio, una postura y reflexión que parta desde sus vivencias y que responda a sus contextos, situando la mirada y los relatos como apuesta política y de sentido. Dónde sus narrativas y discursos sean cercanos y próximos a otras experiencias que pasan por los mismos procesos de despojo y donde se hace crucial el tejido de redes de solidaridad. Con ello, las prácticas audiovisuales colaborativas y su acercamiento con las luchas socioambientales se suman a los procesos de fortalecimiento organizativo, reivindicación de lo comunitario y la construcción de alternativas materiales y simbólicas en la lucha y defensa por los bienes comunes y el territorio.

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[Todos los enlaces disponibles en la red, de la bibliografía y referencias audiovisuales fueron consultados en fecha: 20/04/2023]

Las fotografìas, fotogramas e imágenes de archivo provienen de la selección de obras audiovisuales aquí citadas, la imagen de la estación minera Yanacocha, y todas las imágenes (incluyendo portada), son usadas en el presente artículo únicamente con fines ilustrativos y educativos.

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Llamoctanta, Blanca (directora), 2013. Aguas de libertad [Película, cortometraje]. DOCUPERÚ. https://www.youtube.com/watch?v=WL93OHxUTEQ&t=4s

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Sosa, Mariel (directora), 2018. Máxima, This Land of Mine [Película, mediometraje]. Película independiente. https://vimeo.com/283772102

Entrevistas/conversaciones referidas no publicadas o disponibles en línea

Cabellos, Ernesto, abril de 2020. Boyd, Stephanie, abril de 2020.

Glosario de las ONG y colectivos

PDTG: Programa democracia y transformación global.

TERCO: Territorio y comunicación.

GUFRIDES: Grupo de formación e intervención para el desarrollo sostenible.

CNDDHH: Coordinadora nacional de derechos humanos (del Perú). CLACPI: Coordinadora latinoamericana de comunicación de los pueblos indígenas.

JOC: Juventud organizada celendina.

Cómo citar este artículo:

Gonzales-Oviedo, Julio César. (2023). “Tejiendo resistencias: prácticas audiovisuales y luchas por la defensa del territorio en Cajamarca Perú”. EntreDiversidades, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, V20, e202302. DOI: https://doi.org/10.31644/ED.IEI. V20.2023.A02

Notas

1 El presente artículo se basa en el trabajo de tesis “Prácticas comunicativas en las luchas por lo común: memorias y narrativas de la resistencia celendina, en Cajamarca Perú”, para obtener el grado de doctor en Desarrollo rural por la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco, presentada en abril 2022.

2 Nombre en Guna o Kuna (lengua originaria precolonial) con el que se prefiere referirse respectoal continente Americano, con el objetivo de desprender la denominación de términología occidental.

3 Para extraer estos bienes, se han multiplicado los megaproyectos, que se caracterizan por la gran inversión de capital a través de corporaciones transnacionales que compiten por la apropiación de tierras y control de recursos que consideran estratégicos.

4 Continúa el proceso de re-primarización de las economías latinoamericanas (Gudynas 2009; Schuldt y Acosta 2006; Svampa y Sola Álvarez 2010). El extractivismo es el principal brazo de la acumulación capitalista basada en la sobreexplotación de bienes naturales, en su mayoría no renovables, y la ampliación de sus fronteras del capital hacia territorios que antes se consideraban “improductivos” (Svampa, 2012).

5 Como plantea Horacio Machado: La expropiación ecológica es expropiación de los “recursos” que nos hacen “cuerpos”, y es expropiación de la capacidad de obrar de esos cuerpos. Desgarramiento simétricamente territorial-corporal que está, por tanto, en la base de la dominación biopolítica” (Machado, 2012:59).

6 Defensoría del Pueblo (2012) Reporte de Conflictos Sociales N° 106, Diciembre 2012. Consultado en: https://cdn.www.gob.pe/uploads/document/file/1958082/Repor te-M.-de-Conflictos-Sociales-N-106-Diciembre--2012.pdf?v=1624287577

7 Defensoría del Pueblo (2016) Reporte de Conflictos Sociales N° 154, Diciembre 2016, https://cdn.www.gob.pe/uploads/document/file/1958136/Reporte-Mensual-de-Conflictos-Socia-les-N-154--Diciembre-2016.pdf?v=1624287660

8 Banco central de reserva del Perú.

9 Así lo da a conocer el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), a través de la publicación Resultados Definitivos de los Censos Nacionales 2017: XII de Población, VII de Vivienda y III de Comunidades Indígenas.

10 Sin embargo, el mayor grado de conflictividad se encuentra con las operaciones de Yanacocha. Es la segunda empresa minera más grande del mundo, donde su socio mayoritario Newmont está considerada la primera empresa del sector minero (Blanco, 2013:10).

11 Con el tiempo, las rondas han pasado de ser en sus inicios, un grupo de vigilancia comunitaria, a impartir justicia consuetudinaria, gestionar proyectos de desarrollo local, dialogar con autoridades y otros agentes externos a sus comunidades (como empresas o las ONG) hasta convertirse en organizaciones legalmente reconocidas por el Estado Peruano.

12 La lógica que opera detrás de estos impulsos colectivos, es la producción de territorios “otros”, que emergen desde una ontología relacional que sostiene la vida misma en el entramado de lo humano y lo no humano. La defensa del territorio no es un asunto nuevo, trae siglos de historia que en este momento contemporáneo se actualiza bajo los horizontes y apuesta por superar el capitalismo colonial-moderno-patriarcal (Lang y Gabbert, 2019).

13 La narrativa crítica al extractivismo se caracteriza por su capacidad articuladora y unificadora de las diversas corrientes y de pensamiento y luchas políticas en la región. De tal manera que convoca experiencias que pasan por la defensa de los bienes comunes, el territorio, la lucha por justicia ambiental, los derechos de los pueblos originarios, desde un cuestionamiento directo al modelo neo-desarrollista dominante (Svampa y Terán Mantovani, 2019, p.173)

14 Siguiendo a Machado, las y los defensores del territorio ante las actividades extractivas, son los “bárbaros” de nuestros tiempos: “los que se oponen al “desarrollo”; los que, en los territorios militarizados de los gobiernos de derecha, son considerados “terroristas”, y en los de izquierda, facciones “fundamentalistas” que obstruyen el avance de los procesos revolucionarios (Machado, 2012).

15 Este proyecto fue ganador en Perú del Concurso nacional de proyectos de investigación sobre cinematografía y audiovisual 2018 (Ministerio de Cultura), para más información consultar: Luchas por el territorio en el documental peruano https://lafuga.cl/luchas-por-el-territorio-en-el-documental-peruano/974

16 Mundo-de-la-vida indica el ámbito cotidiano del ser humano en su estado de cosas más genuino, antes de cualquier intervención por parte de los discursos científicos.

17 Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=YAMZH4WtYaE

18 Disponible en https://vimeo.com/283772102

19 Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=dSWPnX66QZQ

20 Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=mEJ7OnXNdHk

21 Resalta la presencia e interrelación de estas tres experiencias por su incidencia en el campo de la producción documental de Cajamarca como son los vínculos entre “Choropampa, el precio del oro” dirigida por Ernesto Cabellos y Stephanie Boyd producida por Guarango cine y video, cuando ambos eran miembros de la misma, posteriormente “Operación diablo” dirigida por Stephanie Boyd desde Quisca producciones como proyecto independiente, y la vinculación con DOCUPERÚ que se suma a los procesos de talleres de video participativo e incidencia mediática promovidos en un inicio por Guarango cine y video, sostenidos por Quisca producciones y transferidos a DOCUPERÚ, fortaleciendo un ecosistema mediático para la defensa del territorio.

22 Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=cr-txUv0Zpo&t=2s

23 Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=tWPE0I2KesE&t=2s

24 Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=F6faKdWKtfY&t=237s

25 Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=ICyD9xBQY6o

26 Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=YAMZH4WtYaE&t=1s

27 Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=og3lZJGOByc&t=33s

28 Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=WL93OHxUTEQ&t=4s

29 El ayni se refiere a una práctica andina que se sustenta en la reciprocidad y ayuda mutua, mientras que la minka se centra en la reunión de las personas de una comunidad para realizar trabajos colectivos, ambas son prácticas ancestrales que se sostienen desde un vínculo solidario.

30 “Los cruces y articulaciones entre organizaciones dieron lugar a numerosos espacios de coordinación, como el de Vía campesina o en otra escala, foros temáticos (de defensa del agua, de defensa de los recursos naturales, contra el fracking), plataformas de acciones conjuntas contra el ALCA, contra megaproyectos del IIRSA y contra el CPTPP” (Svampa y Terán, 2019:184).